Las primeras imagenes de Marruecos de las que tengo consciencia, corresponden a un encuentro fortuito en un metro de Madrid con un fotógrafo que acababa de volver de uno de sus frecuentes viajes a Marrakech y ensañaba entusiasmado unas fotografías de la ciudad. Yo, que debía tener entonces unos diecisiete años y aún no habia salido de España, quedé absolutamente impresionada por la belleza de las imagenes y me dije que algun día visitaría ese mágico lugar. La vida siguió su curso, yo hice mis primeros viajes al extranjero, conocí otros lugares y otros paisajes y aquellas imagenes cayeron en el olvido. Hasta que muchos años después, buscando un lugar especial para celebrar mi cumpleaños, volvieron a aparecer en mi mente las maravillosas fotografías de Marrakech y decidí que ese era el lugar ideal para la celebración. Y entonces fué cuando me enamoré del país. No sé de donde había sacado la idea de que Marruecos era solamente desierto y piedras, pero el caso es que eso era lo que pensaba. Así es que ya en mi primera visita quede impresionada de la variedad del paisaje de un país del cual lo ignoraba casi todo. En varios viajes posteriores he podido admirar la majestuosidad del Atlas, el valle de las rosas, las playas de Essaouira, la hospitalidad de sus gentes, su exquisita gastronomía y la seguridad y tranquilidad con la que uno puede desplazarse por todo el país.
A veces me invade la añoranza del desierto y el recuerdo de aquella maravillosa noche a la luz de la luna llena compartiendo un riquísimo couscous con una familia bereber.Los colores cambiantes de las inmensas dunas.
El bullicio de la plaza Jemaa el fna, con sus aguadores, encantadores de serpientes, contadores de cuentos y los puestos de comida con sus riquisimos platos de cocina marroquí.
A veces me invade la añoranza del desierto y el recuerdo de aquella maravillosa noche a la luz de la luna llena compartiendo un riquísimo couscous con una familia bereber.Los colores cambiantes de las inmensas dunas.
El bullicio de la plaza Jemaa el fna, con sus aguadores, encantadores de serpientes, contadores de cuentos y los puestos de comida con sus riquisimos platos de cocina marroquí.
Colores, sabores y olores de Africa.
